Vago y mala onda: relato de cómo molestar a un jubilado



Etimología de “vago”: Viene de "vacuus", que significa vacío.


La "s" final se cae, la "u" se transforma en "o" y todas las "c" intervocálicas se convierten en "g":

vacuus>vacuu>vacu>vaco>vago

Por vía culta da la palabra vacuo (vacío, sin consistencia).

Se empezó a llamar "vacíos" a los que no quieren trabajar porque no producen, no se construyen así mismos como un sujeto actuante. "No tienen nada adentro ni en la cabeza ni en el alma".

(Krisa Fiodor, amigo en apuros, siglo XXI)


Las preguntas

Él caminaba por una calle de Almagro, de esas con adoquines rotos y árboles que parecen pedir disculpas por seguir vivos entre tanto cemento. Las manos en los bolsillos, la mirada clavada en un charco que reflejaba un cielo gris porteño, de esos que te hacen dudar si es de día o si la ciudad se olvidó de prender la luz temprano a la mañana. Era un martes cualquiera, con olor a colectivo y ruido de bocinas, y él ya estaba hasta las manos de esa manía que tenían todos de meterse en su vida ahora que se venía la jubilación. Como si fuera un perro viejo al que hay que buscarle un hueso para que no se muera de aburrimiento.
La vecina de la esquina, una señora con ruleros eternos, bata de toalla y un balde de agua sucia para “limpiar” la vereda, lo interceptó mientras pasaba.
—¿Y en qué vas a ocupar tus días cuando te jubiles, che? —le largó, con esa cara de quien ya tiene el bingo de la vida ganado y vos sos el que no aprendió a jugar.  
Se frenó, se rascó la pelada con aire teatral y la miró como si le estuviera descifrando un jeroglífico.
—No sé, pensé en anotarme a un curso de mirar por la ventana —dijo, con una sonrisa torcida—. O capaz que me dedique a contar las baldosas flojas de tu vereda, total, trabajo no me va a faltar. ¿O me recomendás algo más útil?  
Silencio.
La mujer miró. Dura, entre sorprendida y algo asustada, con el balde goteando en los pies, y balbuceó algo, quizás una tremenda puteada potenciada con el adjetivo “recalcada”. Fue más potente decirlo: "Viejo, andate a la recalcada puta madre que te remil parió".
Él siguió caminando, silbando un tanguito que se oponía débilmente al sonido de la cumbia que salía de algún departamento alto.
Más tarde, en el bar de la esquina de Rivadavia, un antro con mesas de fórmica y olor a café recalentado, muy lejos del tan de moda café de especialidad, el compañero de siempre lo encaró. El tipo, con su cortado en la mano y la cara de oficinista que cree que el mundo se acaba si no tenés una planilla de cálculo de Google que llenar, soltó:
—¿Y no vas a seguir trabajando más? Mirá que quedarse quieto es el pasaporte al geriátrico, te lo digo yo porque le pasó a mi suegro. Te ponés a mirar tele como un jubilado de manual y chau, te convertís en un mueble.  
Él apoyó el pocillo con un golpecito sutil que no generó pérdida de líquido por la densidad dudosa de su contenido, lo miró fijo y largó:
—¿Sabés qué? Capaz que sí, me compro un sillón bien del estilo “Friends” y me hago amigo de la tele. Total, entre mirar novelas turcas y seguir corriendo atrás de un sueldo que no me alcanza ni para el café de este tugurio, prefiero lo primero. ¿O vos pensás que oxidarse es no tener un jefe que te grite “dale, más rápido, pelotudo” mientras te duele la espalda?  
El compañero (ex) abrió la boca, la cerró, y al final se refugió en un “bueno, después no digas que no te avisé”. Él se rió por dentro, porque sabía que no sabía nada ni tenía nada planificado, y eso le pareció perfecto.
El jueves fue al grupo de terapia, en un departamentito de Once con paredes descascaradas y un ventilador que zumbaba como si estuviera pidiendo la jubilación antes que él. Se tiró en la silla de siempre, con la inseguridad de quien piensa que, al primer movimiento, la silla se va a partir, y esperó el primer ataque. No tardó en llegar.
—¿Pensaste proyectos? —dijo la mina de pelo corto, con esa voz de locutora de radio AM que te quiere vender paz interior—. Porque el tiempo vacío te come, eh. Yo me puse a tejer, pero igual a veces me miro al espejo y digo "para qué me levanté?".  
Él se cruzó de brazos, ladeó la cabeza y le clavó una mirada asesina.
—¿El tiempo vacío? —respondió—. Mirá qué lindo, yo que pensaba que el vacío era pasarme cuarenta años laburando para que un gerente que encima capaz te quiere cagar se compre el tercer auto. Me hiciste pensar, me voy a poner a tejer también. 
La mina parpadeó, descolocada, y un flaco con cara de bancario quemado, sintiéndose aludido por el sarcasmo, levantó la mano.
—Parar está bueno, pero no tanto —dijo—. Mi primo se jubiló y ahora es un zombi, no sabe ni cómo se llama. Hay que moverse, che, hacer algo.  
Él se rió, con una carcajada corta y filosa, y se inclinó hacia adelante.
—¿Y si tu primo es el genio y nosotros los boludos? —soltó—. Capaz que está en paz mientras vos seguís corriendo como rata combinando subte con tren en el laberinto de Retiro. Yo, con todo respeto, no quiero hacer algo, quiero hacer nada y que me dejen de romper las pelotas.  
La terapeuta, una mujer con anteojos de marco grueso y un cuaderno lleno de garabatos, carraspeó desde su silla.
—Es interesante lo que planteás — casi siempre para ellos es todo interesante —Hay algo lindo en soltar, pero también está el desafío de mantenerte vivo, encendido. No digo trabajar, digo encontrar un motor, algo que te mueva.  
Él se recostó, cruzó las piernas y le tiró una sonrisa que era puro veneno disfrazado de azúcar.
—¿Un motor? —dijo—. Mirá, no tengo auto. Ahora quiero tirarme en una reposera en la plaza Almagro y ver si las palomas me adoptan. ¿O vos también pensás que si no me muevo me voy a convertir en la estatua de la plaza ?  
El silencio del grupo fue pesado. Hasta ese ventilador de mierda pareció callarse un segundo. Pero él no se inmutó. Estaba harto de que le vendieran la idea de que parar era un boleto al abismo. 
El viernes, en el consultorio del clínico en el edificio de Callao, con olor a desinfectante y revistas viejas, el médico, tipo de anteojos grandes y algo de ciclotimia lo recibió con su clásico sermón.
—Te lo digo en serio —arrancó, señalando un póster del cerebro que parecía sacado de una clase de biología del CBC—. Parar está bien, pero las neuronas necesitan actividad, conexiones. Si te quedás quieto, el deterioro te pasa factura. Leé, aprendé algo, charlá con la gente.  
Él se rascó la cabeza, miró el póster como si fuera un chiste malo y largó:
—¿Actividad? Llevo cuarenta años conectando neuronas para no quedarme dormido en reuniones de trabajo incoherentes y ahora me pedís más? Mirá si mis neuronas me piden vacaciones, doc, y yo las mando a un spa en vez de a un gimnasio. ¿O vos también creés que si no me pongo a estudiar chino mandarín voy a terminar babeándome en una silla de ruedas en el Borda?  
El médico lo miró por encima de los anteojos, con algo de fuego en los ojos producto de cierto exceso de confianza en la respuesta.
—No es tan simple —dijo—. Hay evidencia, estudios. La inactividad te juega en contra.  
—Los estudios esos no me devuelven las ganas de levantarme a las seis. —replicó él, ya de pie, abrochándose la campera—. Me voy a arriesgar a mi manera, doc. Si me deterioro, le prometo que vuelvo antes de que me alcance la demencia senil. 
Salió a la calle, con el ruido del 60 retumbando en la esquina y el viento trayendo olor a pizza de molde de alguna pizzería de Congreso. No sabía si estaba tirando todo por la borda o si por fin estaba agarrando algo que valiera la pena. Pero, por primera vez en muchos años, el tiempo no le pesaba como una mochila llena de piedras. Estaba peleado con todos. Miró su celu. Menos mal. Había algún Whatsapp para contestar. Era solo un día más en Buenos Aires, y él iba a transitarlo a su manera, mandando a las neuronas a cagar, como un vago.


Vago y mala onda, relato de Claudio Sprejer


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